El Emperador, el libro escrito por Kapuscinski, nos traslada a la Etiopía de los 70. En concreto, el periodista, a través de fuentes anónimas trata de recomponer la figura de Haile Selassie y las causas que propiciaron su caída del trono. Pausado, minucioso en su trabajo, adorado por muchos y odiado por otros tantos, aperturista ante los cambios, realizados bajo su control, así gobernó durante cuarenta años un país que sigue estando sumido en la miseria que se vivió durante la época de Selassie.
Kapuscinski se sirve de la entrevista a los diversos seguidores y detractores del Rey de Reyes, Haile Selassie, para realizar un reportaje gigante, un puzzle en el que cada pieza refleje un trozo de ese gobierno despótico y desfasado que supone cualquier dictadura. Refleja tiempos terribles en los que el autor era ajeno a cualquier sufrimiento que pudiese estar padeciendo su pueblo. Él única y exclusivamente pensaba en dos palabras desarrollo y poder. Su afán por el avance tecnológico era indiscutible pero en la gran mayoría de ocasiones los hablantes de Kapuscinski dejan ver como ese esfuerzo condena a las regiones periféricas a la más absoluta pobreza. Selassie, por su condición de gobernante supremo, aglutina todas las virtudes posibles y hace gala de una infalibilidad fuera de toda duda. Pero Kapuscinski deja claro que todo esto no es más que una pantomima orientada a obtener los favores del mandatario que no duda en dilapidar la riqueza del país para mantener sus redes de informantes, adquirir los lujos más suntuosos e inútiles y mostrarse ante la comunidad internacional como un gobernante ejemplar.La obra se divide en tres capítulos que reflejan la manera en que funcionó el gobierno de Selassie durante nada menos que cuarenta años, su decadencia y, por último, su desmoronamiento.
Una de las partes que me gustaría destacar es la forma en que la opinión pública europea se tomó la noticia de la situación por la que pasaba Etiopía, sobretodo, porque olvidaron que unas décadas antes fueron ellos los que depositaron a Haile Selassie en ese trono. Para el Magnánimo Señor esa opinión era vital, imprescindible, tanto es así, que se negó rotundamente a que cualquier periodista europeo visitase las zonas pobres del norte del país, primero negando tal situación y más tarde culpando a terceros.





